Hace días leí El
Profeta, del aclamado poeta, pintor, novelista y ensayista, Khalil (o
Jalil) Gibrán, una de sus obras fundamentales del siglo XX. Y me llamó mucho la
atención la gran sabiduría que poseía en cuanto a varios aspectos de la vida
cotidiana como el trabajo, la vestimenta, las casas, el comprar y el vender,
etc., etc. Pero me quiero enfocar solamente en su opinión “sobre las leyes”.
Antes de empezar deben saber que todos estos temas
de los que habla Gibrán son una serie de ensayos poéticos, donde despliega una
gran sabiduría humana, pero depende de ustedes analizar si sus pensamientos van
acordes con los pensamientos y las palabras de Dios. Por eso les pido que
escudriñen las Escrituras (Hechos 17:11) y no se dejen llevar por la belleza de
las letras que utiliza este famoso escritor (2 Timoteo 2:16), cuyas obras ya
forman parte de los clásicos de la literatura universal.
Aquí les presento lo que el autor escribió sobre
las leyes y mi interpretación basándome en la Biblia, el único libro escrito bajo la unción
divina del Espíritu Santo de Dios.
“Entonces un abogado dijo: “¿Y qué hay de nuestras
leyes, Maestro?” Y él (el profeta) contestó: Os encanta aprobar leyes, pero aún
os gusta más quebrantarlas. Como los niños que juegan junto al mar construyendo
castillos de arena con constancia para luego destruirlos entre risas”.
El párrafo anterior es uno de dichos más sabios
que se han podido decir sobre las leyes humanas. Los mismos que crean las leyes
en algún momento dejan de cumplirlas y se convierten en transgresores de la ley
(Gálatas 2:18). Las costumbres y tradiciones de un pueblo son las que nos dan
las leyes. Pero aferrarse mucho a una tradición puede desviarte de los
mandamientos de Dios y hacerte crear nuevas doctrinas para defender tus ritos y
creencias que van conforme a los fundamentos del mundo (Mateo 15:3-9; Marcos
7:3, 8-13; Colosenses 2:8). Jehová creó las leyes en base a las creencias de su
pueblo Israel, así como Jesús las extendió hacia los países extranjeros luego
de ver la fe de la mujer cananea, proveniente de una región extranjera a la que
Jesús aún no había sido enviado rescatar, porque su plan de redención estaba
sólo dirigido “a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, una fe que se
describe en Mateo 15:21-28 y Marcos 7:24-30.
Pero Gibrán continúa unas líneas más abajo
diciendo algo mucho más profundo: “¿Qué ocurre con el buey que ama a su yugo y
considera vagabundos descarriados al alce y al ciervo? ¿Qué ocurre con la
serpiente vieja que no puede mudar la piel y llama a las demás desnudas y
desvergonzadas? ¿Y con quien llega temprano al banquete de boda y cuando está
ahíto (satisfecho) y cansado se dedica a decir que todos los banquetes son
violaciones y acusa a cuantos festejan de ser transgresores de la ley? (…)
Ellos sólo ven su propia sombra, y su sombra es su ley. ¿Y qué es para ellos el
sol salvo lo que proyecta las sombras? ¿Y qué es para ellos reconocer las leyes
salvo agacharse y reseguir su sombra en el suelo?”
En resumen, el hombre va a ver con desaprobación
lo que él no está acostumbrado a hacer ni que jamás en su vida ha hecho, porque
(así pensamos todos) si él es capaz de no cometer determinada falta por qué
aquel lo comete con tanta facilidad y tan desvergonzadamente. También se nos
resulta más sencillo sujetarnos a algunos mandatos porque nuestros padres así
nos han instruido y nos han dado su ejemplo (Proverbios 1:8; 22:6) Sólo cuando
nos ocurre a nosotros tal aflicción es que comprendemos la situación de nuestro
prójimo y por qué parecía costarle tanto levantarse y proseguir su recto
caminar.
Si estás acostumbrado al trabajo forzoso (como el
buey), a los que se encuentren en el mismo lugar de empleo pero con
asignaciones menores, que usan su menor esfuerzo pero logran mayores reconocimientos
(como el alce y el ciervo), los verás como “vagabundos” que tienen la suerte de
llevar una vida cómoda y relajada, y los mirarás con desagrado sin siquiera
conocer sus situaciones pasadas antes de conseguir el empleo que ahora tienen,
o sin ponerte a pensar cuánto no habrán sufrido por hallarlo o cuánta
tribulación no les habrán causado sus labores anteriores. Romanos 14:3 nos
advierte que no menospreciemos al que come (la Palabra de Dios) como
nosotros, así no veamos siempre en ellos buenos frutos, “porque Dios le ha
recibido”.
O (interpretando un poco el ejemplo de la
serpiente que menciona Gibrán) si estás acostumbrado a vestirte con elegancia y
conoces a personas más humildes y con menos recursos las miras con
desaprobación por no vestir como tú (Romanos 14:10).
Por cuanto no conocemos las vidas de nuestros
prójimos, Dios nos manda a no juzgar a su creación y mucho menos a los que han
sido adoptados como sus hijos y herederos del reino (Romanos 2:1). También
recordemos que “los gentiles son coherederos” junto con nosotros “y miembros
del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del
evangelio” (Efesios 3:6).
Pero Hechos 13:38-39 y Romanos 3:21-31 nos
reconfortan diciendo que la justificación viene por medio de Jesucristo así
pequemos siete veces por cada día de nuestras vidas (Lucas 17:4; Proverbios
24:16). Y Romanos 2:12-16 nos recuerda que así nunca se nos haya enseñado ley,
nuestra conciencia dará testimonio y nuestros propios razonamientos nos
acusarán o defenderán en el día del Juicio Final. Recordemos de dónde hemos
caído (Apocalipsis 2:5) y de qué situación o condición nos ha redimido el Señor
(Salmos 103:3-5, 8-10, 14) cuando estábamos muertos en nuestros delitos y
pecados (Efesios 2:1).