Fue un terrible dolor. Causado por el mayor de los sacrificios. Mejor dicho por la mayor demostración de amor puro y verdadero. Sufrió la peor de las muertes. Fue visto por todos como la peor de las escorias, al sufrir el peor de los castigos. La muerte de cruz. La peor de las deshonras. Castigo sólo sentenciado al peor de los criminales. Y tan abominable lo vieron que lo clavaron en el madero con clavos del tamaño de su propia palma. Tenía que estirar su cuerpo para poder dejar entrar aire a sus pulmones. Y cada desplome luego de estirarse, desgarraba más su piel. E incrementaba su dolor físico.
Experimentó también la mayor de las soledades. Su Padre en los cielos, sus amigos más cercanos y los que alguna vez creyeron en él y sus palabras, lo abandonaron. Clavado allí, se encontraba el mayor de los asesinos, el mayor de los traidores, el mayor de los engañadores, el mayor de los estafadores, el mayor de los ladrones, el mayor de los chismosos, el mayor de los perversos, la abominación más abominable.
Y realmente el ser humano había sido engañado cuando consintió en torturar hasta morir al mayor de los inocentes, el más bondadoso, el más clemente, el más sabio, el más puro y humilde de corazón, el más benévolo de los hombres, aquel que no practicó pecado alguno. A ese hombre crucificaron.
Y sin pronunciar palabra, aceptó la muerte. Para salvar al hombre de su propia muerte. Pagó el precio por la vida del humano. Aceptó la misión de rescatar las almas de los hombres con determinación y gozo. Murió para vivificar al hombre. Y resucitó para resucitar su alma. Para crear un puente hacia Dios. Jesús fue la conexión de Dios con los hombres. El Camino a Su Reino. La Verdad de Su Palabra. Y la Vida Eterna junto al Creador del universo entero.
Sin embargo, este hombre tan inocente, tan lleno de amor y vida, aún sigue sufriendo el mayor de los dolores. Cuando ve vagar a sus pequeños sin rumbo fijo. Cuando rechazan su Palabra que da vida y le aparta del mal. Cuando desconfían de Él y no creen en su nombre, su amor y su poder. Cuando lo culpan por sus desgracias. El Dios que bajó del cielo y se hizo carne para redimir al hombre de sus pecados, sigue siendo azotado por la incredulidad y la desobediencia humana.
Su agonía se intensifica al ver al hombre torcer su propio camino, al no considerarlo a Él cuando toman sus decisiones. El hombre mismo no podría soportar siquiera cargar con tanto pesar y sufrimiento como lo carga Cristo. Una mínima dosis de Su dolor bastaría para hacer entrar en estado casi de inconsciencia al hombre.
El Señor no quiere la muerte del que muere. Quiere verlo vivir y prosperar. Quiere que lo tomen en cuenta en las decisiones diarias, en los momentos de crisis y en el agradecimiento que viene luego de superar el conflicto.
Y promete al hombre diligente, al que lo busca honestamente, derramar su amor sobre él. Un éxtasis de amor como nunca se ha experimentado. Tan fuerte que hace al hombre estallar de gozo y alegría. Tan poderoso que convierte el rencor en perdón. Y el odio en amor al prójimo. Dios se deleita en cuidar, proteger y ocuparse de las necesidades de los que lo llaman Padre y creen en Su sacrificio y en Su perdón de pecados. Y también se prenda cuando recibe, en respuesta de sus maravillosas obras, el amor y el agradecimiento que el hombre voluntariamente le ofrece.
Y aunque lo rechaces nuevamente, Él promete que no te abandonará y que seguirá esperando hasta que tomes la decisión de poner tu fe en Él y caminar tomado de Su mano, que transforma y convierte corazones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario