lunes, 5 de noviembre de 2012

Amnesia temporal




“Llevo años tratando de encontrar mi identidad. ¿Qué hago aquí en la Tierra? ¿Por qué vivo? Nada de lo que hago me sale bien. Soy un torpe. Siento un gran pesar en mi interior, un enorme vacío. Algo me falta, sé que algo necesito para que mi vida esté completa, pero aún no hallo la respuesta para que mi existencia tenga sentido alguno”.
Muchas personas que aún no conocen de Dios, que en su vida han escuchado de Jesucristo o de las buenas nuevas de salvación, en algún momento de frustración se hacen estas preguntas y reflexionan sobre ese vacío que debe ser tapado. Un vacío espiritual que sólo Jesús puede llenar.
La Escritura interroga lo siguiente: “(…) ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14). Antes de conocer al Señor todos estábamos perdidos caminando sin rumbo fijo. Realmente habíamos olvidado nuestra verdadera procedencia. Habíamos sufrido un terrible accidente que causó una pérdida de memoria temporal. Cada una de nuestras mentes quería descubrir la identidad del ser individual.
La Biblia dice que no somos de este mundo (Juan 15:19; 17:14, 16), pero nunca quisimos abrirla para leerla un rato e ignorábamos las historias maravillosas que tenía escrita y los consejos que se redactaron divinamente para guiarnos en este mundo de pecado.
¿Cómo podíamos olvidar que somos seres creados? ¿Cómo, pues, nos alejamos tanto de Dios? La razón: El pecado cegó nuestro entendimiento. Por eso es necesario ejercitar nuestra fe para poder creer en Dios.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Criticando al que no es como nosotros


Hace días leí El Profeta, del aclamado poeta, pintor, novelista y ensayista, Khalil (o Jalil) Gibrán, una de sus obras fundamentales del siglo XX. Y me llamó mucho la atención la gran sabiduría que poseía en cuanto a varios aspectos de la vida cotidiana como el trabajo, la vestimenta, las casas, el comprar y el vender, etc., etc. Pero me quiero enfocar solamente en su opinión “sobre las leyes”.
Antes de empezar deben saber que todos estos temas de los que habla Gibrán son una serie de ensayos poéticos, donde despliega una gran sabiduría humana, pero depende de ustedes analizar si sus pensamientos van acordes con los pensamientos y las palabras de Dios. Por eso les pido que escudriñen las Escrituras (Hechos 17:11) y no se dejen llevar por la belleza de las letras que utiliza este famoso escritor (2 Timoteo 2:16), cuyas obras ya forman parte de los clásicos de la literatura universal.
Aquí les presento lo que el autor escribió sobre las leyes y mi interpretación basándome en la Biblia, el único libro escrito bajo la unción divina del Espíritu Santo de Dios.
“Entonces un abogado dijo: “¿Y qué hay de nuestras leyes, Maestro?” Y él (el profeta) contestó: Os encanta aprobar leyes, pero aún os gusta más quebrantarlas. Como los niños que juegan junto al mar construyendo castillos de arena con constancia para luego destruirlos entre risas”.
El párrafo anterior es uno de dichos más sabios que se han podido decir sobre las leyes humanas. Los mismos que crean las leyes en algún momento dejan de cumplirlas y se convierten en transgresores de la ley (Gálatas 2:18). Las costumbres y tradiciones de un pueblo son las que nos dan las leyes. Pero aferrarse mucho a una tradición puede desviarte de los mandamientos de Dios y hacerte crear nuevas doctrinas para defender tus ritos y creencias que van conforme a los fundamentos del mundo (Mateo 15:3-9; Marcos 7:3, 8-13; Colosenses 2:8). Jehová creó las leyes en base a las creencias de su pueblo Israel, así como Jesús las extendió hacia los países extranjeros luego de ver la fe de la mujer cananea, proveniente de una región extranjera a la que Jesús aún no había sido enviado rescatar, porque su plan de redención estaba sólo dirigido “a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, una fe que se describe en Mateo 15:21-28 y Marcos 7:24-30.
Pero Gibrán continúa unas líneas más abajo diciendo algo mucho más profundo: “¿Qué ocurre con el buey que ama a su yugo y considera vagabundos descarriados al alce y al ciervo? ¿Qué ocurre con la serpiente vieja que no puede mudar la piel y llama a las demás desnudas y desvergonzadas? ¿Y con quien llega temprano al banquete de boda y cuando está ahíto (satisfecho) y cansado se dedica a decir que todos los banquetes son violaciones y acusa a cuantos festejan de ser transgresores de la ley? (…) Ellos sólo ven su propia sombra, y su sombra es su ley. ¿Y qué es para ellos el sol salvo lo que proyecta las sombras? ¿Y qué es para ellos reconocer las leyes salvo agacharse y reseguir su sombra en el suelo?”
En resumen, el hombre va a ver con desaprobación lo que él no está acostumbrado a hacer ni que jamás en su vida ha hecho, porque (así pensamos todos) si él es capaz de no cometer determinada falta por qué aquel lo comete con tanta facilidad y tan desvergonzadamente. También se nos resulta más sencillo sujetarnos a algunos mandatos porque nuestros padres así nos han instruido y nos han dado su ejemplo (Proverbios 1:8; 22:6) Sólo cuando nos ocurre a nosotros tal aflicción es que comprendemos la situación de nuestro prójimo y por qué parecía costarle tanto levantarse y proseguir su recto caminar.
Si estás acostumbrado al trabajo forzoso (como el buey), a los que se encuentren en el mismo lugar de empleo pero con asignaciones menores, que usan su menor esfuerzo pero logran mayores reconocimientos (como el alce y el ciervo), los verás como “vagabundos” que tienen la suerte de llevar una vida cómoda y relajada, y los mirarás con desagrado sin siquiera conocer sus situaciones pasadas antes de conseguir el empleo que ahora tienen, o sin ponerte a pensar cuánto no habrán sufrido por hallarlo o cuánta tribulación no les habrán causado sus labores anteriores. Romanos 14:3 nos advierte que no menospreciemos al que come (la Palabra de Dios) como nosotros, así no veamos siempre en ellos buenos frutos, “porque Dios le ha recibido”.
O (interpretando un poco el ejemplo de la serpiente que menciona Gibrán) si estás acostumbrado a vestirte con elegancia y conoces a personas más humildes y con menos recursos las miras con desaprobación por no vestir como tú (Romanos 14:10).
Por cuanto no conocemos las vidas de nuestros prójimos, Dios nos manda a no juzgar a su creación y mucho menos a los que han sido adoptados como sus hijos y herederos del reino (Romanos 2:1). También recordemos que “los gentiles son coherederos” junto con nosotros “y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio” (Efesios 3:6).
Pero Hechos 13:38-39 y Romanos 3:21-31 nos reconfortan diciendo que la justificación viene por medio de Jesucristo así pequemos siete veces por cada día de nuestras vidas (Lucas 17:4; Proverbios 24:16). Y Romanos 2:12-16 nos recuerda que así nunca se nos haya enseñado ley, nuestra conciencia dará testimonio y nuestros propios razonamientos nos acusarán o defenderán en el día del Juicio Final. Recordemos de dónde hemos caído (Apocalipsis 2:5) y de qué situación o condición nos ha redimido el Señor (Salmos 103:3-5, 8-10, 14) cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1).         

Antes de juzgar a otros


He sufrido cuando me han traicionado, y he sufrido aún más cuando yo he sido el que he traicionado. Me he molestado cuando no me han cumplido sus promesas, y más me molesto cuando yo no cumplo las mías. Me he entristecido cuando desobedecen a Dios y le echan la culpa de sus problemas, y más me entristezco cuando yo lo desobedezco y me enojo contra Él. Debo examinarme antes de juzgar a los demás.  

martes, 21 de agosto de 2012

Un descubrimiento espléndido



            Cierto día me llamó la atención un joven que caminaba cabizbajo. Yo me encontraba sentado en un banco ubicado en un parque de la ciudad y me dispuse a observarlo. El joven vestía con harapos y noté sus brazos grasientos.

Se detuvo en una fuente rodeada de adornos florales y arrancó una flor: una turquesa muy hermosa, que resaltaba sobre las demás. Pensé: “¿Cómo es capaz de arrancar una flor tan preciosa? ¿Por qué tomó ésa y no otra?”

Me levanté del asiento y lo seguí. Entró en un edificio que se hallaba en deplorable estado. Yo iba a una distancia considerable tras él, pero estaba fuera de su campo de visión. Se adentró en una habitación y esperé afuera, detrás de una gran columna, por temor a que me descubriera.

A los pocos minutos salió. Me aproximé a la puerta y vi que ésta tenía un cartel centrado en la parte superior que decía: 1 Co. 3:14. No tenía idea qué significaba. Tomé el picaporte y lo giré.

Lo que miré mis ojos no lo podían creer. Por lo menos treinta niños de varias edades no mayores de diez años, según mi percepción, estaban durmiendo sobre colchones cubiertos con sábanas impecables. La habitación no parecía compatible con el resto de la infraestructura del edificio. Aquel salón era de una pulcritud sorprendente.

Pero lo que más me maravilló fue la cantidad de flores de distintos colores que rodeaban los bordes de las camas de cada criatura. Me decidí marchar antes de que algún pequeño se despertara. Una música tierna que impregnaba la habitación me acompañó hasta la salida.

Al siguiente día fui a la banca cerca de la fuente y volví a ver a ese joven. Llevaba un grueso libro bajo su brazo. Sin haberlo previsto se me acercó, abrió el libro, lo dejó a mi lado y se alejó. Extrañado, tomé el libro entre mis manos y leí un verso que estaba resaltado. 1 Corintios 3:14: “Si permaneciere la obra de alguno de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa.”

Como un rayo del cielo mi mente comprendió inmediatamente. Viré la cabeza y vi al joven a lo lejos. Nuestras miradas se encontraron y advertí una sonrisa que comenzaba a formarse en sus labios. De forma automática, yo también sonreí.

Descubrí que el libro que me había dado era la Biblia. El joven había escrito un mensaje en la contraportada: “Yo no construí la obra, sólo sobreedifiqué.”

Repentinamente, sentí unos impulsos impresionantes de ayudar a la humanidad. Mi cuerpo se estremecía de felicidad al poder contemplar que aún quedaba gente interesada en aportar su granito de arena para colaborar con el necesitado.

Me dirigí a una juguetería, compré varios obsequios y el resto no es necesario contarlo.