Cierto
día me llamó la atención un joven que caminaba cabizbajo. Yo me encontraba
sentado en un banco ubicado en un parque de la ciudad y me dispuse a
observarlo. El joven vestía con harapos y noté sus brazos grasientos.
Se detuvo en una fuente rodeada de adornos
florales y arrancó una flor: una turquesa muy hermosa, que resaltaba sobre las
demás. Pensé: “¿Cómo es capaz de arrancar una flor tan preciosa? ¿Por qué tomó
ésa y no otra?”
Me levanté del asiento y lo seguí. Entró
en un edificio que se hallaba en deplorable estado. Yo iba a una distancia
considerable tras él, pero estaba fuera de su campo de visión. Se adentró en
una habitación y esperé afuera, detrás de una gran columna, por temor a que me
descubriera.
A los pocos minutos salió. Me aproximé a
la puerta y vi que ésta tenía un cartel centrado en la parte superior que
decía: 1 Co. 3:14. No tenía idea qué significaba. Tomé el picaporte y lo
giré.
Lo que miré mis ojos no lo podían creer.
Por lo menos treinta niños de varias edades no mayores de diez años, según mi
percepción, estaban durmiendo sobre colchones cubiertos con sábanas impecables.
La habitación no parecía compatible con el resto de la infraestructura del
edificio. Aquel salón era de una pulcritud sorprendente.
Pero lo que más me maravilló fue la
cantidad de flores de distintos colores que rodeaban los bordes de las camas de
cada criatura. Me decidí marchar antes de que algún pequeño se despertara. Una
música tierna que impregnaba la habitación me acompañó hasta la salida.
Al siguiente día fui a la banca cerca de
la fuente y volví a ver a ese joven. Llevaba un grueso libro bajo su brazo. Sin
haberlo previsto se me acercó, abrió el libro, lo dejó a mi lado y se alejó.
Extrañado, tomé el libro entre mis manos y leí un verso que estaba resaltado. 1
Corintios 3:14: “Si permaneciere la obra de alguno de alguno que sobreedificó,
recibirá recompensa.”
Como un rayo del cielo mi mente comprendió
inmediatamente. Viré la cabeza y vi al joven a lo lejos. Nuestras miradas se
encontraron y advertí una sonrisa que comenzaba a formarse en sus labios. De
forma automática, yo también sonreí.
Descubrí que el libro que me había dado
era la Biblia. El
joven había escrito un mensaje en la contraportada: “Yo no construí la obra,
sólo sobreedifiqué.”
Repentinamente, sentí unos impulsos
impresionantes de ayudar a la humanidad. Mi cuerpo se estremecía de felicidad
al poder contemplar que aún quedaba gente interesada en aportar su granito de
arena para colaborar con el necesitado.
Me dirigí a una juguetería, compré varios
obsequios y el resto no es necesario contarlo.
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